LA PROPAGANDA DE LOS NAZIS

encyclopedia.ushmm.org    (ushmn = United States Holocaust Memorial Museum)

 

“La propaganda intenta forzar una doctrina sobre la gente… La propaganda opera sobre el público general desde el punto de vista de una idea y los prepara para la victoria de esta idea.” Adolf Hitler escribió estas palabras en su libro Mein Kampf (1926), en el cual por primera vez aboga por el uso de la propaganda para difundir los ideales del nacional-socialismo, entre ellos racismo, antisemitismo, y anti-bolshevismo.

Tras la toma del poder por los nazis en 1933, Hitler estableció un ministerio de ilustración pública y propaganda encabezado por Joseph Goebbels. La meta del ministerio era asegurar que el mensaje nazi fuera comunicado con éxito a través del arte, la música, el teatro, las películas, los libros, la radio, los materiales educativos, y la prensa.

Había varios públicos para la propaganda nazi. A los alemanes se les recordaba la lucha contra los enemigos extranjeros y la subversión judía. Durante periodos que precedían la adopción de legislación o medidas ejecutivas contra los judíos, las campañas de propaganda creaban un ambiente tolerante de la violencia contra judíos, en particular en 1935 (antes de las leyes raciales de Nuremberg de septiembre) y en 1938 (antes del aluvión de legislación económica antisemita que siguió la noche de los cristales rotos). La propaganda también fomentaba la pasividad y la aceptación de las medidas propuestas contra los judíos, porque éstas aparecían representando al gobierno nazi como interviniendo y “restaurando el orden”.

La discriminación -real y percibida- contra la población alemana en países de la Europa oriental que como Checoslovaquia y Polonia habían ganado territorio a costa de Alemania después de la primera guerra mundial, fue un tema de la propaganda nazi. Esta propaganda intentó obtener la lealtad política y la llamada conciencia racial entre las poblaciones étnicamente alemanas. También intentó engañar los gobiernos extranjeros -incluyendo las potencias Europeas- y convencerlos de que la Alemania nazi sólo estaba haciendo demandas razonables de concesiones y anexos.

Después de la invasión alemana de la Unión Soviética, la propaganda nazi dirigida a los civiles en Alemania y a los soldados, policías y auxiliares no alemanes sirviendo en los territorios ocupados enfatizó los temas que unían al comunismo soviético con el judaísmo europeo, presentando a Alemania como defensora de la cultura “occidental” contra la amenaza “judeo-bolchevique”, y pintando una imagen apocalíptica de lo que ocurriría si los soviéticos ganaran la guerra. Esto fue el caso en particular después de la derrota catastrófica de los alemanes en Stalingrado en febrero de 1943. Estos temas pueden haber sido útiles para persuadir a los alemanes nazis y no nazis, como así a colaboradores locales a seguir luchando hasta el fin.

Las películas en particular jugaron un papel importante en diseminar el antisemitismo, la superioridad del poderío militar alemán, y la maldad intrínseca de los enemigos tal como eran definidos por la ideología nazi. Las películas nazis representaban a los judíos como criaturas “subhumanas” infiltrándose en la sociedad aria. Por ejemplo, El Judío Eterno (1940), dirigida por Fritz Hippler, describía a los judíos como parásitos culturales vagabundos, consumidos por el sexo y el dinero. Algunas películas, como El triunfo de la voluntad (1935) de Leni Riefenstahl, glorificaban a Hitler y el movimiento nacional socialista. Otros dos trabajos de Leni Riefenstahl, Los Festivales de las Naciones y El Festival de la Belleza (1938), presentaban los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín y fomentaban el orgullo nacional por el éxito del régimen nazi en las Olimpíadas.

Los diarios en Alemania, sobre todo Der Stürmer (El Atacante), imprimían tiras cómicas que usaban caricaturas antisemitas para representar a los judíos. Después que los alemanes empezaron la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, el régimen nazi usó la propaganda para inculcar en los ciudadanos y soldados alemanes que los judíos eran no solamente subhumanos sino también enemigos peligrosos del Reich alemán. El régimen intentaba obtener apoyo, o por lo menos asentimiento, para las políticas dirigidas a remover permanentemente a los judíos de las áreas alemanas.

Durante la implementación de la llamada Solución Final, el asesinato masivo de los judíos europeos, los oficiales de las SS en los centros de exterminio forzaron a las victimas del Holocausto a mantener la decepción necesaria para poder deportar los judíos de Alemania y la Europa ocupada lo más fácilmente posible. Los oficiales de los campos de concentración y exterminio forzaron a los prisioneros, muchos de los cuales serían asesinados en las cámaras de gas, a mandar postales a sus casas diciendo que los trataban bien y vivían en condiciones buenas. Así, las autoridades de los campos usaban la propaganda para cubrir las atrocidades y el asesinato masivo.

En junio de 1944, la Policía de Seguridad alemana permitió a un equipo de la Cruz Roja Internacional inspeccionar el campo-ghetto de Theresienstadt, ubicado en el Protectorado de Bohemia y Moravia (hoy la Republica Checa). Las SS y la policía establecieron Theresienstadt en noviembre de 1941 como un instrumento de propaganda para el consumo domestico en el Reich alemán. El campo-ghetto se usó como una explicación para los alemanes que estaban confundidos por la deportación de judíos alemanes y austríacos ya ancianos, veteranos de la guerra incapacitados o artistas y músicos famosos localmente, hacia “el este” para “trabajar”. En preparación para la visita de 1944, el ghetto se sometió a un programa de “embellecimiento.” Después de la inspección, los oficiales de las SS en el protectorado produjeron una película usando a los residentes del ghetto como prueba del tratamiento benévolo que los “residentes” judíos de Theresienstadt supuestamente disfrutaban. Cuando la película se completó, los oficiales de las SS deportaron a la mayoría del “elenco” al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

El régimen nazi usó la propaganda efectivamente para movilizar a la población alemana a apoyar sus guerras de conquista hasta el final del régimen. La propaganda nazi fue también esencial para motivar a los que llevaban a cabo el asesinato masivo de los judío europeos y de otras victimas del régimen nazi. También sirvió para asegurar la aquiescencia de millones de otros -como testigos inocentes- en la persecución racial y el asesinato masivo.

Esta foto se origina en una película producida por el Ministro de Propaganda del Reich. Muestra pacientes en un asilo no identificado. Su existencia se describe como “vidas sin esperanza”. A través de la propaganda, los nazis querían provocar la simpatía pública para el programa de eutanasia.

 

 

LA CREACIÓN DE UN LÍDER

“Cuántos lo admiran [a Hitler] con conmovedora fe, como la persona que los ayudará, los salvará, los liberará de la angustia insoportable.” Louis Solmitz, maestro de escuela de Hamburgo, 1932.

El intenso deseo público de tener líderes carismáticos ofrece un terreno fértil para la propaganda. A través de una imagen pública cuidadosamente orquestada del líder del Partido Nazi Adolf Hitler durante el período políticamente inestable de Weimar, los nazis explotaron este anhelo para consolidar el poder y promover la unidad nacional. La propaganda nazi facilitó el rápido ascenso del Partido Nazi a una posición de prominencia política y, finalmente, al control de la nación por parte de los líderes nazis. En particular, el material de campaña para las elecciones de la década de 1920 y los primeros años de 1930, así como también el convincente material visual y las apariciones públicas atentamente controladas, se unieron para crear un “culto al Führer” en torno a Adolf Hitler. Su fama creció a través de los discursos que pronunciaba en las grandes concentraciones, los desfiles y la radio. En esta figura pública, los propagandistas nazis mostraban a Hitler como un soldado listo para el combate, como una figura paterna y como un líder mesiánico elegido para rescatar a Alemania.

Las técnicas de propaganda modernas -que incluían imágenes fuertes y mensajes simples- ayudaron a impulsar a este Hitler nacido en Austria que, de ser un extremista poco conocido, se convirtió en uno de los principales candidatos en las elecciones presidenciales alemanas de 1932. La propaganda de la Primera Guerra Mundial tuvo una influencia significativa en el joven Hitler, que sirvió como soldado en el frente de batalla desde 1914 hasta 1918. Como muchos otros, Hitler creía firmemente que Alemania había perdido la guerra no por la derrota en el campo de batalla, sino como resultado de la propaganda enemiga. Hitler suponía que los vencedores de la Primera Guerra Mundial (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos e Italia) habían recorrido las calles con mensajes claros y simples que alentaban a sus propias fuerzas y, al mismo tiempo, debilitaban el deseo alemán de combatir. Hitler comprendió el poder de los símbolos, la oratoria y la imagen, y formuló eslóganes para su partido político que eran simples, concretos y conmovedores para llegar a las masas.

Entre 1933 y 1945, la adulación pública a Adolf Hitler fue una característica siempre presente en el espacio público de la vida alemana. Los propagandistas nazis describían a su líder (Führer) como la personificación viviente de la nación alemana, que irradiaba fuerza y una inquebrantable devoción por Alemania. Los anuncios públicos reforzaban el concepto de Hitler como el salvador de una nación alemana derrotada por los términos del Tratado de Versalles posterior a la Primera Guerra Mundial. El culto a Adolf Hitler fue un fenómeno masivo fomentado deliberadamente. Tanto los propagandistas nazis como los artistas producían pinturas, letreros y bustos del Führer, que luego eran reproducidos en grandes cantidades para ser colocados en lugares públicos y en los hogares. La editorial del Partido Nazi imprimió millones de copias de la autobiografía política de Hitler, Mein Kampf (Mi Lucha) en ediciones especiales, incluyendo ediciones para recién casados y traducciones al sistema Braille para personas ciegas.

La propaganda nazi idolatraba a Hitler como un talentoso estadista que traería estabilidad, crearía puestos de trabajo y restauraría la grandeza de Alemania. Bajo el régimen nazi se esperaba que los alemanes mostraran lealtad pública al “Führer” de maneras casi religiosas, como hacer el saludo nazi y saludar a las personas en la calle diciendo “¡Heil Hitler!”, el llamado “saludo alemán”. La fe en Hitler fortaleció los lazos de unidad nacional, y el no acatamiento de esta ideología significaba disensión en una sociedad donde la crítica abierta al régimen y a sus líderes constituía un motivo de encarcelamiento.

Las técnicas de propaganda modernas -que incluían imágenes fuertes y mensajes simples- ayudaron a convertir a este Hitler nacido en Austria de un extremista poco conocido en uno de los principales candidatos en las elecciones presidenciales alemanas de 1932. El estilo de este cartel es similar a los de algunas estrellas del cine de la época. Cartel de elección, 1932.

 

 

CONSOLIDACIÓN DE LA NACIÓN

Crisis del gobierno alemán. 

Entre 1919 y 1932, período en la historia alemana conocido como la República de Weimar, Alemania estuvo gobernada por una serie de gobiernos de coalición. Durante este tiempo, ningún partido político logró establecer una mayoría parlamentaria. Los desacuerdos en las políticas económicas y la creciente polarización política entre los partidos de izquierda y de derecha impedían la formación de una coalición factible. Después de junio de 1930, una sucesión de cancilleres abandonaron la búsqueda de una mayoría parlamentaria que funcionara. Manipularon las leyes de emergencia de la Constitución alemana (Artículo 48) que habían sido establecidas por los políticos alemanes para preservar la democracia en tiempos de malestar y descontento, y gobernaron por decreto presidencial sin el consentimiento parlamentario. Esta estructura de gobierno estabilizó la economía y el sistema parlamentario, y también calmó temporalmente la violencia en las calles.

El mito nazi.

En estos tiempos de inestabilidad, el Partido Nazi surgió de una relativa oscuridad y alcanzó prominencia nacional. Logró aumentar drásticamente el apoyo del público, definiéndose como un movimiento de protesta contra la corrupción y la ineficacia del “sistema” de Weimar. Denunciaba a la República de Weimar como una maraña de inestabilidad e inacción, definida por la humillación y la desolación de la derrota en la Primera Guerra Mundial y los términos punitivos del Tratado de Versalles posterior a la guerra. Los propagandistas nazis promovían el partido como el único movimiento alemán que hablaba por todos los alemanes no judíos, sin distinción de clase social, religión ni región. Los nazis opinaban que los demás partidos políticos eran grupos de intereses especiales dedicados a sus propios intereses mezquinos. Los propagandistas nazis también apelaban a los deseos populares de orden después de un período de violentos disturbios civiles. Con la promesa de unificar a Alemania, dar empleo a los seis millones de ciudadanos desempleados de la nación y restaurar los “valores tradicionales alemanes”, Hitler cosechó un apoyo popular masivo.

El encanto de unirse a un movimiento de masas.

Uno de los fundamentos principales de la ideología y la propaganda nazi fue la creación de una “Comunidad Nacional” (Volksgemeinschaft), la unión racial de todos los alemanes “arios” que transcendería todas las diferencias de clase social, religión y región. El conflicto político y las luchas sociales que caracterizaron a la democracia parlamentaria en el período de Weimar precedente no tenían cabida en la nueva sociedad nacionalsocialista. A diferencia de la protección de los derechos personales ratificada en la Constitución de Weimar de los años anteriores, los propagandistas nazis ubicaban al bienestar general de la comunidad nacional por encima de la preocupación por lo individual. Todos los alemanes “de raza pura”, identificados como “camaradas nacionales” (Volksgenossen), estaban obligados a ayudar a los menos adinerados y a sacrificar su tiempo, sus salarios e incluso sus vidas por el bien público. En teoría, ni una modesta situación económica ni pertenecer a una familia humilde serían un impedimento para el avance social, militar o político. La propaganda nazi tuvo un rol crucial en vender el mito de la “Comunidad Nacional” a los alemanes que anhelaban la unidad, la grandeza y el orgullo nacional, y una ruptura de la estratificación social rígida del pasado. De este modo, la propaganda ayudó a preparar al público alemán para un futuro definido por la ideología nacionalsocialista.

Preparación del pueblo para la guerra.

Los propagandistas en tiempos de guerra a menudo buscan justificar el uso de la fuerza militar describiéndola como moralmente necesaria y defendible. En el verano de 1939, cuando Hitler concluyó sus planes para la invasión de Polonia, la población de Alemania estaba tensa y temerosa. No había multitudes en las calles clamando guerra, como había sucedido al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914. El fantasma de esta guerra y las muertes de dos millones de soldados alemanes atormentaban la memoria popular. La maquinaria de propaganda nazi tenía la tarea de lograr el apoyo público para una nueva guerra.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los propagandistas nazis disfrazaron la agresión militar dirigida a la conquista territorial como actos de defensa étnica necesarios para la supervivencia de la “civilización aria”. Describían a Alemania como una víctima, o víctima potencial, de los agresores extranjeros, como una nación amante de la paz obligada a tomar las armas para garantizar la seguridad del pueblo alemán, o para defender a Europa del comunismo.

A pesar del avance de las tropas británicas y estadounidenses por el Oeste y el avance de las tropas soviéticas por el Este a fines del verano de 1944, los líderes nazis se negaron a rendirse y pidieron al pueblo que continuara luchando en un intento suicida de evitar lo inevitable. Los propagandistas nazis insistían con la amenaza de la aniquilación de la vida y la cultura alemanas en manos del “bolchevismo judío” si los Aliados ganaban la guerra. De manera poco realista garantizaban la victoria a través de armas milagrosas o de la sola fuerza de voluntad del Führer y del pueblo alemán. Al enfrentarse con la derrota, el régimen de Hitler respondió con un mayor terror y con propaganda destinada a inspirar el fanatismo.

Cartel por Mjölnir (Hans Schweitzer), titulado “Nuestra última esperanza-Hitler”, 1932. En las elecciones presidenciales de 1932, los propagandistas nazis apelaron a los alemanes que habían quedado sin empleo e indigentes a causa de la Gran Depresión ofreciéndoles un salvador.

 

 

DEFINICIÓN DEL ENEMIGO: LOS EXCLUIDOS

 “Me convertí en nacionalsocialista porque me motivó la idea de la Comunidad Nacional. Lo que nunca había imaginado es la cantidad de alemanes que no eran considerados dignos de pertenecer a esta comunidad.”
Memorias de posguerra de una mujer alemana que participó activamente en los programas de la juventud nazi.

Un factor esencial en la creación de un grupo cohesivo es definir quién estará excluido del grupo. Los propagandistas nazis colaboraron con las políticas del régimen identificando públicamente a los grupos que había que excluir, incitando el odio o cultivando la indiferencia, y justificando la condición de parias de estos grupos ante la población. La propaganda nazi desempeñó un papel crucial en vender el mito de la “Comunidad Nacional” a los alemanes que anhelaban la unidad, la grandeza y el orgullo nacional, y la ruptura de la estratificación social rígida del pasado. Pero un aspecto secundario y más siniestro del mito nazi era que no todos los alemanes eran bienvenidos en la nueva comunidad. La propaganda ayudó a definir quién estaría excluido de la nueva sociedad y justificó las medidas tomadas contra los marginados: judíos, sintis y romaníes (gitanos), homosexuales, disidentes políticos y alemanes considerados genéticamente inferiores y peligrosos para la “salud nacional” (personas con enfermedades mentales y discapacidades físicas o intelectuales, epilépticos, personas sordas o ciegas de nacimiento, alcohólicos crónicos, drogadictos y otros).

Propaganda antisemita.

Aprovechando las imágenes y los estereotipos preexistentes, los propagandistas nazis describían a los judíos como una “raza extranjera” que se alimentaba de la nación receptora, corrompía su cultura, aprovechaba su economía y esclavizaba a sus trabajadores y granjeros. Esta odiosa descripción, si bien no era nueva ni exclusiva del Partido Nazi, se convirtió en una imagen respaldada por el Estado. Cuando el régimen nazi tomó el control de la prensa y las editoriales después de 1933, los propagandistas adaptaron los mensajes a diversas audiencias, incluyendo a los alemanes que no eran nazis y que no leían los periódicos del partido. Las exhibiciones públicas de antisemitismo en la Alemania nazi adoptaron diversas formas, desde letreros y periódicos, hasta discursos en la radio y filmaciones. Los propagandistas ofrecían un lenguaje antisemita más sutil a los alemanes educados de clase media ofendidos por las caricaturas groseras. Los profesores universitarios y los líderes religiosos daban respetabilidad a los temas antisemitas incorporándolos en sus conferencias y sermones en la iglesia.

Otros marginados.  

Los judíos no eran el único grupo excluido de la visión de la “Comunidad Nacional”. La propaganda ayudó a definir quién estaría excluido de la nueva sociedad y justificó las medidas tomadas contra los marginados: judíos, romaníes (gitanos), homosexuales, testigos de Jehová y los alemanes considerados genéticamente inferiores y peligrosos para la “salud nacional” (personas con enfermedades mentales y discapacidades físicas o intelectuales, epilépticos, personas sordas o ciegas congénitamente, alcohólicos crónicos, drogadictos y otros).

Identificación, aislamiento y exclusión.

La propaganda también sentó la base para el anuncio de importantes estatutos antisemitas en Nuremberg el 15 de septiembre de 1935. Los decretos se establecieron tras una ola de violencia antisemita perpetrada por radicales impacientes del Partido Nazi. La Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes prohibía el matrimonio y las relaciones sexuales extramatrimoniales entre judíos y personas de “sangre alemana” o “sangre relacionada”, y la Ley de Ciudadanía del Reich definía a los judíos como “sujetos” del Estado, una categoría de segunda clase.

Las leyes afectaban a unos 450 mil “judíos completos” (definidos como los judíos que tenían cuatro abuelos judíos y pertenecían a la religión judía), y a otros 250 mil (que incluía a los judíos conversos y los Mischlinge, los que tenían algún parentesco judío), que en total sumaban un poco más del uno por ciento de la población alemana. Varios meses antes del anuncio de las “Leyes de Nuremberg”, la prensa del Partido Nazi incitó enérgicamente a los alemanes a luchar contra la contaminación racial, y uno de los temas principales fue la presencia de los judíos en las piscinas públicas.

Control de las instituciones culturales.

A través del control que ejercía la Cámara de Cultura del Reich sobre las instituciones culturales como los museos, los nazis generaron nuevas oportunidades para difundir la propaganda antisemita. Lo más notable fue una exposición llamada “El Judío Eterno”, que atrajo a 412.300 visitantes, más de cinco mil por día, en el Deutsches Museum de Munich entre noviembre de 1937 y enero de 1938. La exposición estuvo acompañada de interpretaciones especiales del Teatro Estatal de Bavaria, en las que se repetían los temas antisemitas que se presentaban en la exposición. Los nazis también asociaban a los judíos con el “arte degenerado”, tema de una exposición complementaria en Munich a la que asistieron dos millones de personas.

Una de las secuencias más tristemente célebres de la filmación compara a los judíos con ratas que transmiten infecciones, inundan el continente y devoran valiosos recursos. Der ewige Jude es una filmación particular no solo por las caracterizaciones viles y groseras que se acentúan con la truculenta secuencia del ritual de un carnicero judío matando una res, sino también por su excesivo énfasis en la naturaleza extranjera de los judíos de Europa Oriental. En una de las secuencias de la filmación se muestran estereotipos de judíos polacos con barba transformados en judíos afeitados con un ‘aspecto occidental’. Estas escenas de “desenmascaramiento” tenían por objeto mostrar a la audiencia alemana que no había diferencias entre los judíos que vivían en los ghettos de Europa Oriental y los que habitaban los vecindarios alemanes.

Der ewige Jude termina con el infame discurso de Hitler ante el Reichstag el 30 de enero de 1939: “Si la comunidad financiera judía internacional dentro y fuera de Europa lograse conducir a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no sería la …victoria del pueblo judío, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”. El discurso pareció anunciar una radicalización de la solución del “Problema Judío” en la “Solución Final” por venir, y fue un presagio de los asesinatos en masa.

Venta del genocidio.

Si bien la mayoría de los alemanes no estaba de acuerdo con la violencia antisemita, la aversión por los judíos, fácil de despertar en tiempos difíciles, se extendió más allá de los leales al Partido Nazi. La mayoría de los alemanes aceptaba, al menos pasivamente, la discriminación contra los judíos. Un informe clandestino preparado en enero de 1936 por un observador de los líderes del Partido Socialdemócrata Alemán en el exilio señalaba: “La sensación de que los judíos pertenecen a otra raza hoy se ha generalizado”.

Durante el tiempo que precedió a las nuevas medidas contra los judíos, las campañas de propaganda crearon una atmósfera tolerante de la violencia contra los judíos o explotaron la violencia -tanto calculada como espontánea- que se generaba para alentar la pasividad y la aceptación de las leyes y los decretos antisemitas como un medio para restaurar el orden público. La propaganda que demonizaba a los judíos también sirvió para preparar a la población alemana, en el contexto de una emergencia nacional, para medidas más duras, como las deportaciones en masa y, finalmente, el genocidio.

Propaganda nazi en la Polonia ocupada.  

El régimen nazi no limitó solo a Alemania la distribución de propaganda que relacionaba a los judíos con alimañas o enfermedades. En la Polonia ocupada, la propaganda nazi reforzó la política de confinar a los judíos en ghettos describiéndolos como una amenaza a la salud que requería cuarentena. Al mismo tiempo, los alemanes encargados de elaborar las políticas creaban una profecía autocumplida al limitar severamente el acceso de los residentes de los ghettos a alimentos, agua y medicamentos. Las películas educativas alemanas que se les mostraban a los niños en las escuelas de Polonia identificaban a los judíos como portadores de piojos y tifus. El gobernador del distrito de Varsovia, Ludwig Fischer, comunicó la distribución de “tres mil letreros de gran tamaño, siete mil letreros pequeños y 500 mil panfletos” para informar a la población polaca sobre la amenaza a la salud que representaban los judíos que vivían en los ghettos. Sin duda, esta información alarmista impidió la ayuda pública a los judíos de los ghettos de la Polonia ocupada por los alemanes.

Humillación pública: “Soy un corruptor de la raza”. En esta foto, un joven que supuestamente había tenido relaciones ilícitas con una mujer judía es forzado a marchar por las calles para su humillación pública. Flanqueado por policías alemanes, lleva un cartel que dice, “Soy un corruptor de la raza”. Estos eventos estaban calculados tanto para castigar a los llamados delincuentes como para hacer de ellos un ejemplo público que sirviera como disuasivo de otros que pudieran no adherir a la teoría racial de los nazis. Norden, Alemania, julio de 1935.

 

 

EL ADOCTRINAMIENTO NAZI DE LOS JÓVENES

“Estos niños y niñas ingresan a nuestras organizaciones [a los] diez años, y a menudo por primera vez respiran aire fresco. Después de cuatro años de estar en la categoría Jóvenes pasan a la Juventud Hitleriana, donde permanecen cuatro años más… Y aunque aún no son nacionalsocialistas completos, pasan al Servicio de Trabajo y son preparados durante otros seis o siete meses… Y si les llega a quedar algún rastro de conciencia de clase o estatus social… las Wehrmacht [Fuerzas Armadas alemanas] se encargarán de que desaparezca”. Adolf Hitler (1938).

A partir de 1920, el Partido Nazi eligió a la juventud alemana como una audiencia especial para sus mensajes de propaganda. Estos mensajes resaltaban que el Partido era un movimiento de jóvenes: dinámico, fuerte, progresista y esperanzado. Millones de jóvenes alemanes fueron convencidos por el nazismo en las aulas y a través de actividades extracurriculares. En enero de 1933, la Juventud Hitleriana tenía solo 50 mil miembros, pero al finalizar el año esta cifra había aumentado a más de dos millones. Hacia 1936 la pertenencia a la Juventud Hitleriana había aumentado a 5,4 millones antes de convertirse en obligatoria en 1939. Posteriormente, las autoridades alemanas prohibieron o disolvieron las organizaciones juveniles rivales

La educación en el Estado nazi.

La educación en el Tercer Reich sirvió para inculcar a los alumnos la visión nacionalsocialista del mundo. Los educadores e intelectuales nazis exaltaban las razas nórdicas y otras razas “arias” y denigraban a los judíos y a otros pueblos considerados inferiores llamándolos “razas bastardas” parasitarias, incapaces de crear una cultura o civilización. Después de 1933, el régimen nazi purgó el sistema escolar público de maestros judíos o considerados “políticamente poco confiables”. No obstante, la mayoría de los educadores permanecía en sus puestos y se unió a la Liga Nacionalsocialista de Maestros. Hacia 1936, el 97% de todos los maestros de escuelas públicas, unas 300 mil personas, se habían unido a la Liga. De hecho, los maestros se unieron al Partido Nazi en mayor número que ninguna otra profesión.

Tanto en el aula como en la Juventud Hitleriana, la enseñanza tenía el propósito de producir ciudadanos alemanes conscientes de su raza, obedientes y capaces de sacrificarse, dispuestos a morir por el Führer y por la Patria. Un componente clave del entrenamiento de la Juventud Hitleriana era la devoción a Adolf Hitler. La juventud alemana celebraba su cumpleaños (el 20 de abril) -feriado nacional- como iniciación al Partido. Los adolescentes alemanes juraban lealtad a Hitler y prometían servir a la nación y a su líder como futuros soldados.

Las escuelas desempeñaban un papel importante en la difusión de las ideas nazis a la juventud alemana. Mientras los censores eliminaban algunos libros de las aulas, los educadores alemanes introducían nuevos libros de texto que enseñaban a los estudiantes el amor a Hitler, la obediencia a la autoridad del Estado, el militarismo, el racismo y el antisemitismo.

Desde el primer día de clases se infundía a los niños alemanes el culto a Adolf Hitler. Su retrato estaba presente en todas las aulas. Los libros de texto con frecuencia describían la emoción que sentía un niño al ver al líder alemán por primera vez.

Los juegos de mesa y los juguetes para niños eran otra manera de difundir la propaganda racial y política entre los jóvenes alemanes. Los juguetes también se utilizaban como medio de propaganda para inculcar el militarismo en los niños.

Organizaciones juveniles.

La Juventud Hitleriana y la Liga de Jóvenes Alemanas fueron las principales herramientas que utilizaron los nazis para formar las creencias, el pensamiento y las acciones de la juventud alemana. Los líderes de la juventud utilizaban actividades grupales muy controladas y montajes de propaganda, como grandes concentraciones en las que abundaban rituales y espectáculos, para crear la ilusión de una comunidad nacional que se extendía a través de las divisiones religiosas y de clases sociales que caracterizaban a Alemania antes de 1933.

El propósito original de la Juventud Hitleriana, fundada en 1926, era entrenar a los niños para el ingreso a las SA (Tropas de Asalto), una formación paramilitar del Partido Nazi. Sin embargo, después de 1933, los líderes de la juventud buscaron integrar a los niños en la comunidad nacional nazi y prepararlos para servir como soldados en las Fuerzas Armadas o, posteriormente, en las SS.

En 1936, la pertenencia a los grupos juveniles nazis pasó a ser obligatoria para todos los varones y las mujeres de entre diez y diecisiete años. Las reuniones después de clases y los viajes de campamento los fines de semana patrocinados por la Juventud Hitleriana y la Liga de Jóvenes Alemanas enseñaban a los niños a ser fieles al Partido Nazi y a los futuros líderes del Estado nacionalsocialista. En septiembre de 1939, más de 765 mil jóvenes servían en roles de liderazgo en las organizaciones juveniles nazis que los preparaban para estos roles en el ejército y en la burocracia de la ocupación alemana.

La Juventud Hitleriana combinaba deportes y actividades al aire libre con ideología. Del mismo modo, la Liga de Jóvenes Alemanas hacía hincapié en el atletismo colectivo, como la gimnasia rítmica, que las autoridades de salud alemanas consideraban menos agotadora para el cuerpo de la mujer y mejor orientada para prepararlas para la maternidad. Las exhibiciones públicas de estos valores alentaban a hombres y mujeres jóvenes a abandonar su individualidad en favor de los objetivos del colectivo ario.

Servicio militar.

Al cumplir los dieciocho años, los varones debían alistarse de inmediato en las Fuerzas Armadas o en el Servicio de Trabajo del Reich, para lo que habían sido preparados a través de las actividades de la Juventud Hitleriana. Los materiales de propaganda exigían una devoción aun más fanática a la ideología nazi, incluso cuando la milicia alemana era derrotada una y otra vez.

En el otoño de 1944, cuando los ejércitos Aliados cruzaron las fronteras de Alemania, el régimen nazi reclutó a jóvenes alemanes menores de dieciséis años para defender al Reich, junto con adultos de más de 60 años, en las unidades de “Volkssturm” (Tropas de Asalto Populares).

Después de la rendición incondicional de las Fuerzas Armadas alemanas en mayo de 1945, algunos niños alemanes, como este joven derrotado que fue capturado por soldados Aliados, continuaron peleando en grupos de guerrilla conocidos como “Hombres lobo”. Durante el año siguiente, las autoridades de ocupación Aliadas exigieron a los alemanes jóvenes que se sometieran al proceso de “desnazificación” y formación para la democracia destinado a contrarrestar los efectos de doce años de propaganda nazi.

Un grupo de niños alemanes observan Der Stuermer, Die Woche y otros carteles de propaganda colocados en una reja de Berlín, Alemania, en 1937.

 

 

REDACCIÓN DE LAS NOTICIAS

Joseph Goebbels, quien comenzó su carrera como periodista, escribió en su diario (el 14 de abril de 1943) la siguiente reflexión sobre la pérdida de independencia de la prensa durante la guerra: “Todo hombre que aún conserve algo de honor tendrá cuidado de no convertirse en periodista”.

Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Alemania poseía una infraestructura de comunicación bien desarrollada. En Alemania se publicaban más de 4.700 periódicos diarios y semanales por año; más periódicos que en cualquier otra nación industrializada, con una circulación total de 25 millones de ejemplares. Si bien Berlín era la capital de la prensa, las imprentas de ciudades pequeñas dominaban la circulación de periódicos (el 81% de todos los periódicos alemanes estaban en manos de empresas locales). Los ocho periódicos publicados en las principales ciudades tenían reputación internacional. La industria cinematográfica alemana se ubicaba entre las mejores del mundo, sus películas recibían elogio internacional, y la nación era pionera en el desarrollo de la radio y la televisión.

Control de la prensa.

Cuando Hitler asumió el poder en 1933, los nazis controlaban menos del tres por ciento de los 4.700 periódicos que circulaban en Alemania. La eliminación del sistema político multipartidario no solo provocó la desaparición de cientos de periódicos producidos por los partidos políticos proscritos, sino que también permitió que el Estado se apoderara de los equipos y las plantas de impresión de los Partidos Comunista y Socialdemócrata, que a menudo eran entregados directamente al Partido Nazi. En los meses posteriores, los nazis establecieron el control o ejercieron influencia sobre los organismos de prensa independientes. Durante las primeras semanas de 1933, el régimen nazi utilizó la radio, la prensa y los noticieros para avivar el temor de un “levantamiento comunista” pendiente y luego canalizó la ansiedad popular en medidas políticas que erradicaron las libertades civiles y la democracia.

En unos pocos meses, el régimen nazi destruyó la libertad de prensa alemana antes vigorosa. Hacia 1941, la editorial Eher del Partido Nazi se había convertido en la mayor editorial de la historia alemana y su periódico principal, Völkischer Beobachter (El Observador Nacional) había alcanzado una circulación de más de un millón de ejemplares.

El periódico Völkischer Beobachter (El Observador del Pueblo), que Hitler había comprado para el partido en 1920, anunciaba reuniones y otras noticias a los miembros del partido y extendía el alcance del partido más allá de las reuniones del partido y la cervecería. La circulación aumentó con el éxito del movimiento nazi, llegando a más de 120 mil ejemplares en 1931 y a 1,7 millones hacia 1944. Editado por el escritor antisemita e ideólogo nazi Alfred Rosenberg, el Völkischer Beobachter se especializaba en breves hipérboles de los temas predilectos de los nazis: la humillación del Tratado de Versalles, la debilidad del sistema parlamentario de Weimar y el flagelo mundial del judaísmo y el bolchevismo, temas que eran contrastados con eslóganes patrióticos nazis.

Un hombre, un periódico.

Der Stürmer fue el periódico antisemita más tristemente célebre de Alemania. Este periódico era editado y dirigido por el líder provincial nazi [Gauleiter] Julius Streicher, ex maestro de escuela convertido en activista nazi.

El periódico se publicó durante más de 20 años, entre 1923 y 1945, y contenía historias espeluznantes sobre “asesinatos rituales”, crímenes sexuales y delitos financieros de judíos. Durante la República de Weimar, las argumentaciones injuriosas y difamatorias de Der Stürmer frecuentemente terminaban en acciones legales presentadas por políticos escandalizados y organizaciones judías contra el mismo Streicher y el periódico.

Cuando el nazismo asumió el poder, la fortuna del periódico y de su editor mejoró de manera vertiginosa. La circulación del periódico aumentó drásticamente de 14 mil ejemplares en 1927 a casi 500 mil en 1935. Aunque los visitantes extranjeros y muchos alemanes, incluyendo algunos propagandistas nazis, consideraban que el monotemático periódico era ofensivo, Hitler se negó a cerrar Der Stürmer, aun después de que un tribunal del Partido Nazi sacara a Streicher de su cargo político y del partido por corrupción.

Durante la década de 1930, los alemanes podían encontrar al Der Stürmer en todas las calles de Alemania. Streicher colocaba vitrinas exhibidoras en las calles para promover su propaganda antisemita y aumentar la circulación. Para llenar todas estas vitrinas y suscripciones, algunas veces aumentaba la tirada del periódico a dos millones de ejemplares.

Periódicos judíos como respuesta comunitaria.

Aunque la maquinaria de propaganda nazi absorbió a la prensa alemana al servicio de su ideología racista, los periódicos publicados por las comunidades judías locales (Gemeinden) para sus miembros se convirtieron en una línea vital de comunicación para los judíos de las ciudades y los pueblos de toda Alemania, y un vínculo entre las comunidades locales y los líderes de las organizaciones judías nacionales.

Cuando se produjo el boicot a negocios judíos en toda la nación en abril de 1933, Arno Herzberg, jefe de la Agencia Telegráfica Judía en Berlín, escribió: “Las nuevas circunstancias en las que ahora se encuentra el pueblo judío alemán también anuncian una nueva era para la prensa judía. Esta nueva era introduce tareas de mayor alcance para el periodismo judío. Anteriormente la prensa judía tenía una existencia serena. No atendía las inquietudes del judío alemán promedio… Todo esto ha cambiado de manera fundamental en la era en que los judíos son excluidos de los círculos sociales e intelectuales alemanes”.

Estos periódicos comunales publicaban artículos y editoriales destinados a fortalecer una identidad judía positiva frente a la deshonrosa propaganda antisemita oficial y a asesorar y alentar a los miembros de la comunidad para enfrentar los desafíos diarios que suponía la vida bajo la legislación nazi antisemita. A medida que aumentaba el número de judíos que emigraban de Alemania, muchas comunidades judías locales (Gemeinden) desaparecían y sus periódicos cerraban. El 11 de noviembre de 1938, tras la violencia de pogrom de la “Noche de los vidrios rotos” (Kristallnacht), el Gobierno alemán prohibió la publicación de los demás periódicos comunales judíos. A partir de ese momento, los judíos debían recibir todas las noticias y anuncios oficiales del boletín Jüdisches Nachrichtenblatt, controlado por el gobierno.

Las autoridades alemanas no exigían a los periódicos comunales judíos adherirse a las reglamentaciones impuestas para la prensa alemana en general. Por ejemplo, las publicaciones judías no estaban obligadas a publicar los temas de debate palabra por palabra o a repetir la propaganda oficial emitida por el Ministerio de Propaganda en sus conferencias de prensa diarias. Las autoridades alemanas prohibían a los no judíos comprar o leer estos periódicos comunales judíos.

Nuevos caminos para la propaganda: cine, radio y televisión.  

Los nazis comprendían el poder y la atracción de las tecnologías emergentes, como el cine, el altavoz, la radio y la televisión al servicio de la propaganda. Estas tecnologías ofrecían a los líderes nazis un medio para la difusión masiva de sus mensajes ideológicos y un vehículo para reforzar el mito de la Comunidad Nacional (Volksgemeinschaft) a través de la experiencia comunal de ver y escuchar.

Después de 1933, la radio alemana transmitía los discursos de Hitler en los hogares, las fábricas e, incluso, en las calles de las ciudades a través de altavoces. Los funcionarios del Ministerio de Propaganda de Goebbels vieron la gran promesa que significaba la radio para la propaganda. El ministerio otorgó importantes subsidios para la fabricación de la económica “Radio del pueblo” (Volksempfänger) y facilitar así su venta. Hacia 1935, se habían vendido aproximadamente 1,5 millones de estas radios, lo que convirtió a Alemania en el país con una de las mayores audiencias radiales del mundo.

En 1935, Alemania se convirtió en la primera nación en introducir el servicio de televisión regular. El Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, vio el gran potencial de propaganda del nuevo medio, pero creía que se podría aprovechar mejor a través de la experiencia colectiva, como el cine o el teatro.

Detrás de los titulares: manipulación nazi de los medios de comunicación-Kristallnacht.  

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, los líderes nazis provocaron una ola de violencia que devastó las comunidades judías en todo el Gran Reich Alemán y escandalizó a la opinión pública mundial. Ante la insistencia del Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, los líderes nazis locales y regionales comenzaron una destrucción y brutalidad sin sentido, utilizando el asesinato de un diplomático alemán en París en manos de un adolescente judío para justificar la violencia. En “la noche de los vidrios rotos” (Kristallnacht), los agitadores destruyeron o dañaron unos 7.500 negocios judíos, incendiaron cientos de sinagogas y asesinaron a 91 judíos. En los días siguientes, la Policía de Seguridad Alemana arrestó a aproximadamente 30 mil hombres judíos y los encarceló en los campos de concentración de Buchenwald, Dachau y Sachsenhausen.

Incluso cuando los periódicos de todo el mundo informaron los hechos y las consecuencias de esta terrible noche, el Ministerio de Propaganda Alemana se ocupó de realizar un control de los daños a través de una campaña de prensa orquestada que buscaba justificar las pasiones detrás de la violencia, atribuyéndolas a la “indignación espontánea” del pueblo alemán, y minimizar el alcance real de las muertes y la destrucción.

La manipulación bajo cuerda de la prensa respecto a este hecho revela las operaciones de control de la información -y del daño- de la maquinaria de propaganda nazi (tanto al público alemán como al público internacional) y la rapidez con la que respondía a la crítica y a las noticias de último momento.

Transmisiones prohibidas: la radio extranjera como una fuente alternativa de noticias.

En tiempos de guerra, los gobiernos generalmente restringen y censuran el acceso público a la información para evitar que los datos importantes se filtren al enemigo o para aislar a la población de la información que podría debilitar la moral pública. Cuando Alemania invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939, el régimen nazi implementó medidas draconianas para evitar que su población recibiera información del exterior. El Gobierno alemán prohibió a sus ciudadanos escuchar transmisiones extranjeras, y hacerlo constituía un delito. Los tribunales alemanes podían condenar a prisión o, incluso, a la muerte a las personas que difundiesen historias recogidas de estaciones de radio enemigas.

Temerosas por lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial (cuando la propaganda Aliada deterioró la moral alemana y propició el descontento), las autoridades alemanas tenían la esperanza de que la amenaza de un castigo severo por escuchar transmisiones extranjeras respaldara los esfuerzos de aislar a la población de las “mentiras” del enemigo. A pesar de los atentos y vigilantes ojos y oídos de los informantes de la Gestapo y del Partido Nazi, millones de alemanes recurrían a la British Broadcasting Corporation (BBC) y a otras estaciones de transmisión prohibidas para recibir información.

Primera plana del número más popular de la publicación nazi, Der Stürmer, con la reimpresión de una representación medieval de un supuesto homicidio ritual cometido por judíos.

 

 

ENGAÑO AL PÚBLICO

“No cabía en el sentido común que fuera posible exterminar a cientos de miles de judíos”, Yitzhak Zuckerman, líder de la resistencia judía en Varsovia.

La propaganda sirvió como una herramienta importante para obtener el apoyo de la mayoría del público alemán que no había respaldado a Adolf Hitler y avanzar con el programa radical nazi, que requería el consentimiento, el apoyo o la participación de un amplio sector de la población. Un nuevo aparato de propaganda estatal liderado por Joseph Goebbels, combinado con el uso del terror para intimidar a aquellos que no se sometían al régimen, buscaba manipular y engañar a la población alemana y al mundo exterior. A cada paso del camino, los propagandistas predicaban un atractivo mensaje de unidad nacional y un futuro utópico que tocaba una fibra sensible en millones de alemanes. Al mismo tiempo, iniciaban campañas que facilitaban la persecución de los judíos y de otros grupos que estaban excluidos de la visión nazi de la “Comunidad Nacional”.

Propaganda, política exterior y conspiración para hacer la guerra.

Del mismo modo que durante la República de Weimar, el rearme fue un elemento clave de la política nacional alemana después de la asunción nazi a principios de 1933. Los líderes alemanes esperaban lograr este objetivo sin precipitar la intervención militar preventiva de Francia, Gran Bretaña, o de los estados ubicados en la frontera este de Alemania, Polonia y Checoslovaquia. El régimen tampoco quería asustar a la población alemana temerosa de otra guerra europea. El fantasma de la Primera Guerra Mundial y la muerte de 2 millones de soldados alemanes en ese conflicto bélico aún atormentaban la memoria popular. Durante la década de 1930, Hitler describió a Alemania como una nación victimizada, esclavizada por las cadenas del Tratado de Versalles posterior a la Primera Guerra Mundial, y privada del derecho a la autodeterminación nacional.

En todo el mundo, los propagandistas en tiempos de guerra buscan justificar el uso de la violencia militar describiéndola como moralmente necesaria y defendible. Actuar de otro modo pondría en peligro la moral pública y la fe en el gobierno y en sus fuerzas armadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los propagandistas nazis disfrazaron la agresión militar dirigida a la conquista territorial como actos de defensa justos y necesarios. Describían a Alemania como una víctima, o víctima potencial, de los agresores extranjeros; como una nación amante de la paz obligada a tomar las armas para proteger a su pueblo o defender a la civilización europea del comunismo. Los objetivos de guerra manifestados en cada etapa de las hostilidades casi siempre ocultaban las reales intenciones nazis de expansión territorial y guerra racial. Se trataba de propaganda engañosa destinada a embaucar o desorientar a la población en Alemania, en las tierras ocupadas por Alemania y en los países neutrales.

Preparación de la nación para la guerra.

En el verano de 1939, cuando Hitler y sus asistentes finalizaron los planes para la invasión de Polonia, la población de Alemania estaba tensa y temerosa. Los alemanes estaban envalentonados por la reciente y sensacional expansión de la frontera alemana en los países vecinos de Austria y Checoslovaquia, que se había realizado sin disparar una sola bala; pero no salieron a las calles pidiendo guerra, como había hecho la generación de 1914.

Antes del ataque alemán a Polonia del 1º de septiembre de 1939, el régimen nazi lanzó una agresiva campaña en los medios de comunicación para obtener el apoyo público para una guerra que pocos alemanes deseaban. Para presentar la invasión como una acción defensiva moralmente justificable, la prensa alemana resaltó las “atrocidades polacas”, haciendo referencia a la discriminación y la violencia física reales o supuestas dirigidas contra los alemanes residentes en Polonia. Los medios de comunicación condenaron el “belicismo” y el “chovinismo” polaco, y también atacaron a Gran Bretaña por incitar a la guerra, al prometer defender a Polonia en caso de una invasión alemana.

El régimen nazi incluso montó un incidente en la frontera que tenía por objeto hacer creer que Polonia iniciaba las hostilidades contra Alemania. El 31 de agosto de 1939, hombres de las SS vestidos con uniformes del ejército polaco “atacaron” una emisora de radio alemana en Gleiwitz. Al día siguiente, Hitler anunció a la nación alemana y al mundo entero su decisión de enviar tropas a Polonia en respuesta a las “incursiones” polacas en el Reich. La Oficina de Prensa del Reich del Partido Nazi dio instrucciones a la prensa de evitar el uso de la palabra guerra. A modo de táctica destinada a presentar a Alemania como víctima de la agresión, debían informar que las tropas alemanas simplemente habían repelido los ataques polacos. Y la responsabilidad de declarar la guerra recaería sobre los británicos y los franceses.

En un esfuerzo por influir sobre la opinión pública tanto en el ámbito nacional como internacional, la maquinaria de propaganda nazi difundió historias de nuevas “atrocidades polacas” una vez iniciada la guerra. Publicitaban ataques a alemanes en ciudades tales como Bromberg (Bydgoszcz), donde los civiles polacos que huían y los soldados del ejército mataron entre cinco mil y seis mil alemanes, a quienes percibían en el fragor de la invasión como traidores de quinta columna, espías, nazis o francotiradores. Al exagerar a 58 mil la cifra real de víctimas de origen alemán asesinadas en Bromberg y en otras ciudades, la propaganda nazi enfervorizó las pasiones y dio una “justificación” para la cantidad de civiles que los alemanes tenían intenciones de asesinar.

Los propagandistas nazis convencieron a algunos alemanes de que la invasión de Polonia y las posteriores políticas de ocupación tenían justificación. Para muchos otros, la propaganda reafirmó un sentimiento antipolaco profundamente arraigado. Los soldados alemanes que prestaron servicio en Polonia tras la invasión escribieron cartas a sus hogares en las que se reflejaba el apoyo a la intervención militar alemana para defender a los alemanes residentes en Polonia. Algunos soldados expresaban su desprecio y desdén por la “criminalidad” y la “subhumanidad” de los polacos, y otros miraban a la población judía residente con repugnancia y comparaban a los judíos polacos con las imágenes antisemitas que recordaban del periódico Der Stürmer o de la exposición llamada el “Judío Eterno”, y más tarde, de la película del mismo nombre.

Los noticieros también tuvieron una importancia central en los esfuerzos del Ministro de Propaganda Alemana, Goebbels, de formar y manipular la opinión pública durante la guerra. Para ejercer un mayor control sobre el contenido de los noticieros una vez comenzada la guerra, el régimen nazi fusionó las empresas de noticieros rivales de todo el país en una sola empresa, la Deutsche Wochenschau (Perspectiva Semanal de Alemania). Goebbels colaboró activamente en la creación de cada entrega, incluso en la edición y la revisión de los guiones. Se publicaron cortos de 20 a 40 minutos de duración editados a partir de doce a dieciocho horas de grabación filmadas por fotógrafos profesionales que un mensajero llevaba a Berlín todas las semanas. La distribución de los noticieros se extendió ampliamente cuando la cantidad de copias de cada episodio aumentó de 400 a 2 mil, y se crearon decenas de versiones en idiomas extranjeros (incluidos el sueco y el húngaro). Los cines rodantes llevaban los noticieros a las áreas rurales de Alemania.

Propaganda engañosa.

El 1º de septiembre de 1939, las fuerzas alemanas invadieron Polonia. La guerra que el régimen nazi desató provocaría sufrimiento y pérdidas humanas incalculables. Después de la invasión alemana a la Unión Soviética en el verano de 1941, las políticas antisemitas del nazismo dieron un giro radical hacia el genocidio. La decisión de aniquilar a los judíos europeos fue anunciada en la Conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942 a los oficiales de alto mando del Partido Nazi, de las SS y del Estado alemán, cuyas agencias contribuirían a implementar una “Solución Final al Problema Judío” en toda Europa. Después de esta conferencia, la Alemania nazi implementó el genocidio en todo el continente, con la deportación de judíos de toda Europa a los centros de exterminio de Auschwitz-Birkenau, Treblinka y a otros centros ubicados en la Polonia ocupada por los alemanes.

Los líderes nazis pretendían engañar a la población alemana, a las víctimas y al mundo en relación con su política genocida hacia los judíos. ¿Qué sabía el alemán medio sobre la persecución y el asesinato en masa de los judíos? A pesar de la transmisión pública y la publicación de declaraciones generales sobre el objetivo de eliminar a “los judíos”, el régimen utilizaba una propaganda engañosa que ocultaba detalles específicos de la “Solución Final”, y los controles a la prensa impedían que los alemanes leyeran las declaraciones de los líderes aliados y soviéticos en las que condenaban los crímenes alemanes.

Al mismo tiempo, se inventaban historias positivas como parte del engaño planificado. Un folleto impreso en 1941 informaba con entusiasmo que, en la Polonia ocupada, las autoridades alemanas habían puesto a trabajar a los judíos, habían construido hospitales, habían establecido comedores comunitarios para los judíos, les habían repartido periódicos y ofrecido capacitación vocacional. A través de letreros y artículos se le recordaba constantemente a la población alemana que no debía olvidar las historias atroces que la propaganda aliada había difundido sobre los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, como la falsa acusación de que los alemanes les habían cortado las manos a niños belgas.

Los perpetradores también les ocultaban sus intenciones asesinas a muchas de sus víctimas. Antes y después de lo sucedido, los alemanes utilizaron eufemismos engañosos para explicar y justificar las deportaciones de judíos de sus viviendas a ghettos o a campos de tránsito, y desde los ghettos y campos a las cámaras de gas en Auschwitz y otros centros de exterminio. Los funcionarios alemanes colocaban un sello con la inscripción “evacuado”, una palabra con connotación neutral, en los pasaportes de los judíos que eran deportados de Alemania y Austria al ghetto “modelo” de Theresienstadt, cerca de Praga, o a ghettos situados en el Este. Los burócratas alemanes definieron las deportaciones de los ghettos como “reasentamientos”, aunque dichos “reasentamientos” generalmente terminaban en la muerte.

Propaganda nazi sobre los ghettos.

Un tema recurrente en la propaganda antisemita nazi era que los judíos transmitían enfermedades. Para evitar que las personas que no eran judías intentaran ingresar en los ghettos y vieran las condiciones en las que vivían los judíos, las autoridades alemanas colocaban en la entrada letreros de cuarentena que advertían sobre el peligro de enfermedades contagiosas. La falta de higiene adecuada y de suministro de agua, sumado a las raciones insuficientes de alimentos, rápidamente deterioraban la salud de los judíos de los ghettos, y estas advertencias se convirtieron en una profecía autocumplida cuando el tifus y otras enfermedades infecciosas devastaron a las poblaciones de los ghettos. La propaganda nazi posterior utilizó estas epidemias provocadas por el hombre para justificar el aislamiento de los judíos “mugrientos” de la población en general.

Theresienstadt: un engaño propagandístico.

Uno de los engaños más tristemente célebres del nazismo fue la creación de un campo-ghetto para judíos en noviembre de 1941 en Terezín, en la provincia checa de Bohemia. Conocido por su nombre alemán Theresienstadt, este lugar funcionó como un ghetto para judíos ancianos y judíos prominentes de Alemania, Austria y las tierras checas, y como un campo de tránsito para los judíos checos que vivían en el Protectorado de Bohemia y Moravia controlado por los alemanes.

Anticipándose al hecho de que algunos alemanes pudieran considerar poco convincente la historia oficial del envío de judíos al Este para realizar trabajos en relación con los judíos ancianos, los veteranos de guerra discapacitados y los músicos o artistas destacados, el régimen nazi cínicamente difundió la existencia de Theresienstadt como una comunidad residencial donde los judíos alemanes y austríacos ancianos o discapacitados podían “jubilarse” y vivir en paz y seguridad. Esta ficción fue inventada para ser difundida dentro del Gran Reich Alemán. En realidad, el ghetto sirvió como un campo de tránsito para deportaciones a ghettos y centros de exterminio en la Polonia ocupada por Alemania y a sitios de exterminio en los Estados Bálticos y Bielorrusia ocupados por Alemania.

En 1944, ante la presión de la Cruz Roja Internacional y de la Cruz Roja Danesa tras la deportación de unos 400 judíos daneses a Theresienstadt en otoño de 1943, los oficiales de las SS permitieron la visita de los representantes de la Cruz Roja a Theresienstadt. En aquel momento, las noticias del asesinato de judíos en masa habían llegado a la prensa mundial y Alemania estaba perdiendo la guerra. Como un engaño elaborado, las autoridades de las SS aceleraron las deportaciones del ghetto antes de la visita y ordenaron a los prisioneros que permanecían en el lugar que “embellecieran” el ghetto: los prisioneros tuvieron que crear jardines, pintar casas y renovar las barracas. Las autoridades de las SS organizaron eventos sociales y culturales para los dignatarios que realizaron la visita. Cuando los representantes de la Cruz Roja se retiraron, las SS reanudaron las deportaciones desde Theresienstadt, que finalizaron en octubre de 1944. En total, los alemanes deportaron a aproximadamente 90 mil judíos alemanes, austríacos, checos, eslovacos, holandeses y húngaros desde el campo-ghetto hacia sitios y centros de exterminio en el “Este”. Solo unos pocos miles lograron sobrevivir. Más de 30 mil prisioneros más murieron en Theresienstadt, principalmente a causa de enfermedades o por inanición.

Visita de la Cruz Roja a Theresienstadt.

Hacia 1944, la mayor parte de la comunidad internacional conocía la existencia de campos de concentración y sabía que los alemanes y sus socios del Eje maltrataban brutalmente a los prisioneros en estos campos, pero desconocían con exactitud los detalles precisos sobre las condiciones de vida en estos campos.

En 1944, los funcionarios de la Cruz Roja Danesa, que ante los informes alarmantes que circulaban sobre el destino de los judíos bajo la dictadura nazi estaban preocupados por los casi 400 judíos daneses deportados por los alemanes a Theresienstadt en el otoño de 1943, exigieron que la Cruz Roja Internacional, con sede en Suiza, investigara las condiciones de vida en el campo-ghetto. Después de una demora considerable, las autoridades alemanas aceptaron permitir la inspección de la Cruz Roja al campo-ghetto en junio de 1944.

La información recopilada durante esta investigación sería transmitida a todo el mundo. Los periódicos de EE. UU. y de todo el mundo cubrieron algunos aspectos de la investigación de la Cruz Roja.

Filmación para propaganda: la mira puesta en Theresienstadt.

Ya en diciembre de 1943, los oficiales de las SS de la Oficina de Emigración Judía en Praga, afiliada de la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA), decidieron filmar una película sobre este campo. La grabación, gran parte de la cual fue filmada durante el verano posterior a la visita de la Cruz Roja, muestra a los prisioneros del ghetto asistiendo a conciertos, jugando al fútbol, trabajando en huertas familiares y descansando en las barracas y fuera de ellas bajo el sol. Las SS obligaron a los residentes a trabajar como escritores, actores, decoradores, editores y compositores. Muchos niños participaron en la filmación a cambio de comida, incluyendo leche y dulces, que normalmente no recibían. El propósito que perseguían los funcionarios de rango medio de la RSHA con esta filmación no está del todo claro. Quizás tenían la intención de que la filmación fuera vista fuera de Alemania, ya que en 1944 el público alemán podría haberse preguntado por qué los residentes de los ghettos parecían vivir una vida mejor y más lujosa que muchos alemanes en tiempos de guerra. Finalmente, las SS terminaron la filmación en marzo de 1945, pero nunca la exhibieron. De hecho, la filmación completa no sobrevivió a la guerra.

Al igual que con otros esfuerzos por engañar al pueblo alemán y al mundo entero, el régimen nazi se benefició con la renuencia del ser humano promedio por llegar a comprender las dimensiones de estos crímenes. Los líderes de las organizaciones de resistencia judía, por ejemplo, intentaron advertir a los residentes de los ghettos sobre las intenciones de los alemanes, pero aun los que habían oído hablar sobre los centros de exterminio no necesariamente creían lo que habían escuchado. “No cabía en el sentido común que fuera posible exterminar a cientos de miles de judíos”, expresó Yitzhak Zuckerman, líder de la resistencia judía en Varsovia.

Propaganda constante hasta el amargo final.  

La victoria soviética en defensa de Moscú el 6 diciembre de 1941 y la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos cinco días después, el 11 de diciembre, aseguraron un conflicto militar prolongado. Tras la catastrófica derrota alemana en Estalingrado en febrero de 1943, el desafío de mantener el apoyo popular para la guerra se volvió aún más desalentador para los propagandistas nazis. Los alemanes ya no podían conciliar las noticias oficiales con la realidad, y muchos comenzaron a escuchar las transmisiones radiales extranjeras para obtener información precisa. Las personas que asistían a los cines comenzaron a rechazar los noticieros y a considerarlos propaganda descarada. Goebbels incluso ordenó a los cines cerrar sus puertas antes de proyectar el episodio semanal, lo que obligaba a los espectadores a verlo si querían ver la película en cartel.

Hasta el final de la guerra, los propagandistas nazis mantuvieron la atención pública centrada en lo que le sucedería a Alemania en caso de una derrota. El Ministerio de Propaganda explotó particularmente la divulgación de un plan económico de posguerra para Alemania desarrollado en 1944 por Henry Morgenthau, Jr., Secretario del Tesoro de la administración Roosevelt. Morgenthau imaginaba despojar a Alemania de su industria pesada y regresar el país a una economía agraria. Historias como estas, que ayudaron en algo a fortalecer la resistencia cuando las tropas Aliadas ingresaron a Alemania, tenían como objetivo intensificar el miedo a la capitulación, alentar el fanatismo y pedir la destrucción constante del enemigo.

Un cartel antisemita publicado en Polonia en marzo de 1941. El texto dice: “Los judíos son piojos; causan tifus”. Este cartel fue publicado por los alemanes con la intención de infundir entre los polacos cristianos miedo a los judíos.

 

 

EVALUACIÓN DE LA CULPA: CRÍMENES NAZIS Y JUICIOS DE POSGUERRA

“Dimos a los nazis lo que ellos les negaron a sus oponentes: la protección de la ley.”Ex Secretario de Guerra de EE. UU., Henry Stimson, en referencia al Tribunal Militar Internacional creado en Nuremberg, Alemania.

¿Existe realmente un vínculo directo entre las palabras y los actos? ¿Pueden las palabras y las imágenes motivar a las personas a cometer actos de genocidio?

Cuando la guerra en Europa llegó a su fin en mayo de 1945, los Aliados debieron enfrentarse con la tremenda tarea de reformar la sociedad alemana y reeducar a su población después de doce años de dominio nazi y un régimen constante de propaganda fundada en el odio. El “nazismo”, como expresó el escritor judío alemán Victor Klemperer en 1946, se había “filtrado en lo más hondo de las personas a través de palabras, modismos y estructuras oracionales que les fueron impuestas a través de millones de repeticiones y que asimilaron mecánica e inconscientemente”.

Los Aliados obligaron a los alemanes a enfrentarse con su pasado reciente al dejar al descubierto la criminalidad del régimen nazi en los juicios a los líderes de la nación y erradicar los vestigios del culto al Führer y la propaganda de Joseph Goebbels. Por primera vez en la historia, los tribunales de crímenes de guerra juzgaron a los propagandistas: personas cuyas palabras, imágenes y artículos contribuyeron a la agresión, la persecución y el asesinato en masa perpetrados por los nazis.

Tribunal Militar Internacional: un juicio sin precedentes.

Durante la guerra, los Aliados advirtieron en reiteradas ocasiones a Alemania y a las demás potencias del Eje su determinación de castigar a los funcionarios del Gobierno, el Ejército o el Partido Nazi responsables de acciones criminales.

El Tribunal Militar Internacional fue creado en Nuremberg el 20 de noviembre de 1945. A través de la difusión del juicio a los líderes nazis entre la población alemana, los Aliados esperaban desacreditar el régimen de Hitler y dejar al descubierto el alcance de la agresión y los asesinatos en masa. Doscientos cincuenta periodistas de todas partes del mundo estuvieron presentes en el Palacio de Justicia. Para asegurarse de que el pueblo alemán recibiera las noticias de los juicios, las autoridades de ocupación Aliadas aumentaron la asignación de papel de periódico para la prensa alemana y, durante el tiempo que duró el juicio, las estaciones de radio transmitieron informes con comentarios varias veces al día. A partir del 7 de diciembre de 1945, los noticieros comenzaron a transmitir informes regulares sobre el juicio al público que acudía a los cines en todo el mundo.

En muchos aspectos, los juicios de Nuremberg no tuvieron precedentes. Nunca antes tantos líderes nacionales habían sido juzgados por un tribunal compuesto por sus conquistadores militares. Veinticuatro personas, que representaban a todos los sectores de la política bajo el régimen nazi, fueron acusadas de cuatro delitos: plan común o conspiración para cometer crímenes contra la paz; crímenes contra la paz; crímenes de guerra; y crímenes contra la humanidad.

Entre los acusados se encontraban dos personas vinculadas a la creación o la difusión de la propaganda nazi. Los argumentos contra el editor del periódico Der Stürmer, Julius Streicher, y el Ministro de Propaganda e Información Pública, el oficial Hans Fritzsche, se basaron totalmente en sus acciones como propagandistas. La acusación incluyó una declaración que afirmaba que la propaganda era “una de las armas más poderosas que poseían los conspiradores [quienes] desde el comienzo […] valoraron la urgencia de inculcar al pueblo alemán los principios y la ideología nacionalsocialistas” y quienes usaron la propaganda “para preparar psicológicamente el terreno para la acción política y la agresión militar”.

¿Existe una conexión entre las palabras y los actos?

El gran desafío que debió enfrentar la fiscalía en sus argumentos contra Streicher y Fritzsche fue probar una conexión directa y causal entre las actividades de los propagandistas nazis y la implementación de una política de agresión o asesinato en masa. Nuevamente, ¿existe realmente una conexión directa entre las palabras y los actos?

El caso Streicher resultó el más sólido de los dos: los veintidós años de circulación de Der Stürmer proporcionaron evidencia suficiente sobre el odio fanático de Streicher a los judíos y los llamados a la acción contra ellos. El tribunal declaró a Streicher culpable de crímenes contra la humanidad y concluyó que los veintitrés artículos publicados en Der Stürmer entre 1938 y 1941 habían llamado al exterminio de los judíos. La evidencia principal que se utilizó para determinar que Streicher tenía conocimiento de la “Solución Final” fue su subscripción a un periódico suizo judío llamado Israelitische Wochenblat (Israelita Semanal), que publicaba informes de las matanzas nazis.

El tribunal declaró que “la incitación de Streicher al asesinato y el exterminio en el momento en que los judíos del Este eran asesinados en las más horribles condiciones claramente constituye una persecución por motivos políticos y raciales en relación con ‘crímenes de guerra’, según se definen en el Estatuto, y esto constituye un ‘crimen contra la humanidad’”.

El tribunal sentenció a Streicher a la pena de muerte por ahorcamiento. El 16 de octubre de 1946 a las 2:12 de la madrugada Streicher fue conducido a la horca y colgado. Los juicios de la posguerra confirmaron el rol importante que ejerció la propaganda para mantener el apoyo popular al régimen nazi y justificar la persecución de los judíos y de otras víctimas de la era del Holocausto. El juicio a los propagandistas por “crímenes contra la humanidad” sentó un precedente importante invocado por los organismos y tribunales internacionales hasta el presente.

Desnazificación.

Mucho tiempo antes del final de la guerra, los Aliados prometieron destruir el militarismo alemán y el nazismo. Tras la derrota alemana en mayo de 1945, las autoridades de ocupación comenzaron a implementar dicho objetivo de guerra. En la Conferencia de Potsdam (julio-agosto de 1945), las naciones victoriosas establecieron los principios fundamentales para la reforma de Alemania: la nación sería completamente desarmada y desmilitarizada; sus fuerzas armadas serían eliminadas; y su población, “desnazificada” y reeducada.

Durante el período de posguerra inmediato, en la Alemania ocupada por los Aliados, la “desnazificación” implicó el cambio de nombre de las calles, los parques y los edificios que tuvieran asociaciones militaristas o nazis; la eliminación de monumentos, estatuas, letreros y emblemas relacionados con el nazismo o el militarismo; la confiscación de propiedades del Partido Nazi; la eliminación de propaganda nazi de la educación, los medios de comunicación alemanes y las numerosas instituciones religiosas que tenían líderes y clérigos pronazis; y la prohibición de desfiles o himnos militares o nazis, o la exhibición pública de símbolos nazis.

Los soldados aliados, los prisioneros de los campos de concentración y los alemanes contrarios a Hitler se vengaron de los símbolos nazis quemando o destruyendo banderas, estandartes y letreros blasonados con la cruz esvástica. En un momento que fue captado por las cámaras, los soldados estadounidenses dinamitaron la inmensa cruz esvástica del estadio de Nuremberg, el lugar de las antiguas concentraciones nazis.

Para los que fueron testigos de este episodio, ya sea personalmente o a través de los noticieros de los cines, la explosión simbolizó el fin del nazismo y el comienzo de una nueva era. Era necesario desacreditar el culto al Führer, y se demostró que el ex líder alemán había sido un maníaco asesino de masas cuyas políticas habían provocado el sufrimiento de millones de europeos y habían conducido a la destrucción de Alemania. Los equipos de filmación documentaron el momento en que los trabajadores derribaron con mazas un enorme busto de metal de Hitler y derritieron las planchas de impresión de plomo de su autobiografía, Mein Kampf, para producir tipos para un periódico democrático para la nueva Alemania. La distribución de propaganda nazi continúa siendo ilegal en la Alemania actual.

Aceptación de la culpa.

El pueblo alemán que seguía los juicios de posguerra contra los propagandistas vio cómo las figuras de los medios, como Julius Streicher para evitar la horca, o la directora de cine Leni Riefenstahl para salvar su carrera y su reputación, no asumieron la responsabilidad por su participación en los crímenes nazis y se mostraron poco arrepentidos. La excepción a esta actitud fue la declaración de Hans Fritzsche como acusado en Nuremberg: “Después de que la forma totalitaria de gobierno ha provocado la catástrofe del asesinato de 5 millones de personas, considero que esta forma de gobierno es incorrecta aun en tiempos de emergencia. Creo que con cualquier tipo de control democrático, incluso con un control democrático restringido, esta catástrofe hubiera sido imposible”.

El ex locutor de radio concluyó: “Toda persona que después de Auschwitz continúe adherida a la política racial, se ha declarado a sí misma culpable”.

Fueron las nuevas generaciones de alemanes, incluidos los intelectuales, que nacieron después de la guerra, y que participaron activamente en las últimas tres décadas del siglo veinte, quienes cuestionaron la conducta de sus padres y abuelos durante los años del nazismo.

Streicher.

La fiscalía en Nuremberg tuvo dificultades para probar que Streicher tenía conocimiento y era personalmente responsable de la implementación de la “Solución Final”. Un artículo redactado para Der Stürmer el 4 de noviembre de 1943 sugiere que Streicher tenía conocimiento de esto: “Realmente es cierto que, por así decirlo, los judíos han desaparecido de Europa y que la ‘reserva judía del Este’, originaria de la plaga judía que ha atormentado durante siglos a los pueblos de Europa, ha dejado de existir. Pero el Führer del pueblo alemán al comienzo de la guerra profetizó lo que ahora ha sucedido”.

En su testimonio personal de defensa, Streicher insistió en que solo había oído hablar de los asesinatos en masa mientras era prisionero de los Aliados. También afirmó que sus discursos y artículos no tenían por objeto incitar a los alemanes, sino solo “informar” e “instruir” sobre “un asunto que, en mi opinión, era uno de los problemas más importantes”. Streicher, a quien los psiquiatras habían evaluado como una persona cuerda pero obsesionada con el odio a los judíos, resultó ser una persona poco sincera e indigna de confianza.

En el último alegato en la sala del tribunal de Nuremberg, la fiscalía detalló la culpabilidad del acusado: “El acusado Streicher es cómplice de la persecución de los judíos en Alemania y en los territorios ocupados, que culminó con el asesinato en masa de un número estimado de seis millones de hombres, mujeres y niños. La propaganda publicada en Der Stürmer y en otras publicaciones de Streicher, de la cual admitió ser responsable, tenía la intención de despertar el miedo y el odio fanáticos a los judíos e incitar el asesinato. Esta propaganda fue difundida, además, en un país en el que no existía un libre mercado de ideas; en el que, de hecho, como el acusado Streicher conocía bien y aprobaba, ningún argumento contrario podía ser expresado públicamente; y en el que, por ende, el impacto de dicha propaganda tenía una fuerza claramente previsible y peculiarmente arrolladora. A través de la propaganda destinada a incitar el odio y el miedo, el acusado Streicher se dedicó durante veinticinco años a crear la base psicológica fundamental para llevar a cabo un programa de asesinato en masa. Esto solo bastaría para declarar su culpabilidad como cómplice del programa criminal de exterminio”.

Al no poder probar que Streicher tenía una conexión ocasional con la implementación real del asesinato en masa, la fiscalía aceptó el argumento de que Streicher activamente “recomendó y promovió el programa de exterminio” mientras se estaban cometiendo los asesinatos en masa.

Fritzsche.

Hans Fritzsche, del Ministerio de Propaganda, fue el oficial alemán de menor rango juzgado por el Tribunal Militar Internacional. Fritzsche probablemente terminó en el banquillo de los acusados junto con los oficiales alemanes de mayor rango porque la muerte del Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, dejó a los Aliados sin un acusado para representar al Ministerio de Propaganda e Información Pública. Además, los Aliados occidentales estaban deseosos de calmar a los soviéticos mediante la selección de Fritzsche, uno de solo dos acusados de Nuremberg en custodia soviética en 1945. Fritzsche se había desempeñado como director de la División de Radio del Ministerio de Propaganda y conducía su propio programa Hier Spricht Hans Fritzsche! (¡Habla Hans Fritzsche!).

El fiscal del caso Fritzsche intentó probar la culpabilidad del acusado basándose en las descaradas declaraciones antisemitas de sus muchas transmisiones, que la BBC había interceptado y traducido al inglés. “Fritzsche no está en el banquillo de los acusados como un periodista libre”, argumentó el fiscal, “sino como un eficiente y controlado propagandista nazi… que ayudó sustancialmente a fortalecer el poderío nazi sobre el pueblo alemán [y] que hizo más digeribles los excesos de estos conspiradores en la conciencia del pueblo alemán”.

El tribunal consideró que la evidencia no era convincente y declaró a Fritzsche inocente de las tres acusaciones que pesaban sobre él. “Al parecer, en algunas ocasiones Fritzsche realizó fuertes declaraciones de naturaleza propagandista en sus transmisiones”, concluyó el tribunal. “Pero el Tribunal no está en condiciones de afirmar que estas declaraciones tuvieran la intención de incitar al pueblo alemán a cometer atrocidades contra los pueblos conquistados, y esta persona no puede ser declarada participante de los crímenes que se le imputan. Su objetivo fue más bien despertar el sentimiento popular en apoyo de Hitler y del esfuerzo bélico alemán”.

El fallo del tribunal en el caso Fritzsche estableció una importante distinción entre discurso de odio o propaganda de odio e incitación. Si bien Fritzsche realizó transmisiones y declaraciones antisemitas durante el ejercicio de su cargo, no llamó específicamente al asesinato en masa de los judíos de Europa. Esto distingue claramente su propaganda de la de su coacusado Julius Streicher. (Únicamente el juez soviético, el Teniente General I. T. Nikitchenko, disintió: “La difusión de mentiras provocativas y el engaño sistemático de la opinión pública fueron tan necesarios para la realización de los planes de los hitleristas como lo fue la producción de armamentos y la elaboración de planes militares”).

Posteriormente, Fritzsche fue juzgado como “delincuente de primera categoría” por el tribunal de desnazificación de Nuremberg y sentenciado a nueve años de prisión en un campo de trabajo. Si bien se le prohibió volver a escribir, escribió sus memorias mientras estaba en prisión y las publicó bajo un seudónimo. Su sentencia fue reducida y quedó en libertad en 1950. Trabajó en publicidad y relaciones públicas hasta 1953, cuando murió de cáncer a la edad de 53 años.

Otros propagandistas sometidos a juicio.

Los juicios de posguerra a los propagandistas nazis continuaron después del Tribunal Militar Internacional, pero el resultado combinado de los juicios posteriores no ayudó en gran medida a esclarecer el problema legal de asociar las palabras con los actos. Además de la condena al ex Jefe de Prensa del Reich, Otto Dietrich, emitida por el Tribunal Militar de EE. UU., los tribunales de “desnazificación” alemanes juzgaron y condenaron al magnate de la prensa nazi Max Amann, al director de cine Fritz Hippler (director de la película ‘Der ewige Jude’), y al dibujante de historietas del periódico Der Stürmer, Philipp Ruprecht (conocido por los lectores como “Fips”). Otros propagandistas fueron absueltos, entre ellos la directora de cine Leni Riefenstahl (directora de ‘El triunfo de la voluntad’). Un tribunal británico condenó por traición (debido a sus transmisiones de propaganda nazi) al estadounidense William Joyce (Lord Haw Haw), quien fue ejecutado.

El antiguo Muftí de Jerusalén, Hajj Amin al-Husayni, que había transmitido por radio propaganda pro-Eje desde Berlín al mundo árabe, fue arrestado en 1945 en la zona de Alemania ocupada por los franceses. Escapó a Egipto, donde continuó produciendo y difundiendo propaganda antisionista, antisemita y antiisraelita.

Por primera vez en la historia.

Por primera vez en la historia, los tribunales de crímenes de guerra juzgaron a los propagandistas: las personas cuyas palabras, imágenes y artículos contribuyeron a la agresión, la persecución y el homicidio en masa perpetrados por los nazis. Los juicios de la posguerra confirmaron el rol importante que ejerció la propaganda para mantener el apoyo popular al régimen nazi y justificar la persecución de los judíos y de otras víctimas de la era del Holocausto. El juicio a los propagandistas por los “crímenes contra la humanidad” sentó un precedente importante invocado por los organismos y tribunales internacionales hasta el presente.

El acusado Julius Streicher, editor del periódico antisemita Der Stürmer, en el estrado durante el juicio del Tribunal Militar Internacional por los principales criminales de guerra en Nuremberg. 29 de abril de 1946.

 

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